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sábado, 30 de agosto de 2014

30 de Agosto- Martirio del Beato Manuel Medina Olmos, Obispo de Guadix


BEATO MANUEL MEDINA OLMOS,

Obispo de Guadix

La detención de don Manuel Medina Olmos: «Yo he ofrecido a Dios mi vida por la salvación de España y el Señor ha aceptado». 

Nació en Lanteira (Granada) diócesis de Guadix, en 1869. Inició sus estudios eclesiásticos y tras recibir el sacerdocio a los veintidós años, obtuvo el doctorado en Sagrada Teología y las licenciaturas en Derecho y Filosofía y Letras.


Ya hemos expuesto su relación con la Colegiata del Sacro-Monte de Granada, su nombramiento de Rector de su insigne Colegio, su relación con el joven alumno Diego Ventaja a quien hizo de tutor y maestro, y su vinculación con sus dos beneméritos sacerdotes Don Andrés Manjón y Don José Gras, y sus respectivas obras.

Preconizado obispo auxiliar de Granada recibió la consagración episcopal el 26 de mayo de 1926. A los dos años, el 12 de octubre de 1928, era nombrado obispo de Guadix.

Allí le sorprendería el alzamiento militar y el desbordamiento de la revolución. La semana a partir del 20 de julio de 1936 fue de continuos sobresaltos. La Guardia Civil se sublevó, pero pronto fue bloqueada en el cuartel por las milicias revolucionarias a las que el Gobernador había entregado armas.

La detención de don Manuel Medina Olmos: «Yo he ofrecido a Dios mi vida por la salvación de España y el Señor ha aceptado».

Unos días antes del 18 de julio, don Manuel, predicando en la Catedral, había dicho: «Yo he ofrecido a Dios mi vida por la salvación de España y el Señor ha aceptado». A todos los que estaban con él en palacio les aconsejó, el 24 de julio, que se confesaran. A quien le preguntó por qué no se había quedado en Granada, respondió: «porque tengo que estar en mi sitio». Y «daría con gusto mi vida por las ovejas, como el Buen Pastor, y consideraría una suerte ser mártir».

La víspera de Santiago, monseñor Medina recomendó a los que estaban con él en el colegio de la Divina Infantita, situado al lado del Palacio, que hiciesen confesión general, dando ejemplo él mismo. Le brindaron oportunidad de marchar a su pueblo de Lanteira, a lo que se negó por considerar constituía dejación de funciones abandonar el puesto en momentos de peligro.

A las diez de la mañana del 27 de julio, el alcalde de Guadix con dos cabos, dos carabineros y unos paisanos, practican un registro en Palacio, cacheando al obispo y obligándole con violencia a entregar todo lo que estimaron valioso.

Se le despojó de la birreta, del anillo pastoral y de la cruz pectoral. Junto a los sacerdotes Domingo Arce Manjón, Pérez López y Vargas Roda los hicieron entrar en un automóvil para ser conducidos a la estación del ferrocarril de Guadix.

Inesperadamente liberaron al canónigo Vargas. Allí subieron a los demás a un vagón de transporte para ganado, que iba a llevarlos a Almería.

El día 27 de julio, al atardecer, el gobernador civil de Almería telefoneaba a don Mons. Ventaja para preguntarle si tenía dificultad en recibir en la casa donde estaba al obispo de Guadix. Don Diego aceptó gustoso. Unos minutos después llegaba un automóvil a la puerta de la casa del vicario Ortega.

Los expulsos de Guadix bajaron destrozados. Don Diego y don Manuel se abrazaron emocionados. La Providencia que los había unido en vida en todos sus ministerios pastorales los iba a unir definitivamente a la hora del testimonio final.

Se acomodaron como pudieron. El 5 de agosto, fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves, se presentaron los milicianos y les llevaron a la comisaría. Los dos obispos iban de sotana y don Diego llevaba su pectoral. Por el camino tuvieron que escuchar toda clase de amenazas y blasfemias. Les interrogaron y les devolvieron a casa. Había sido un amago.

En la cárcel bajo la leyenda «Alabado sea el Santísimo Sacramento».

Pero el 12 de agosto por la mañana llegó un coche de la policía y se llevó a los dos obispos y a los cuatro sacerdotes. Se dirigieron a la prisión que habían instalado en el Convento de las Adoratrices, después de desmantelarlo y echar a la religiosas. En las paredes se podía leer aún: «Alabado sea el Santísimo Sacramento».

Ingresaron a los dos obispos y sus acompañantes en la sala sexta. Les hicieron aceptar su renuncia a la condición de huéspedes, despojándoles de sus insignias episcopales, obligándoles a vestir de seglar y a solicitar la situación de simples presos.

Después de haber firmado, los trasladaron a la sala grande, atestada de sacerdotes, religiosos y católicos. Allí don Diego tuvo el consuelo de encontrarse con el jesuita P. Luque, su confesor y director espiritual durante el año de su pontificado, y aprovechó la oportunidad para confesarse. Los obispos rezaban con los presos el santo rosario.

Pasaron días de constantes sobresaltos, escuchando noche tras noche la lectura de interminables listas de presos -lo que llamaban la «saca»-, bien para trasladarlos al barco, bien para darles el conocido “paseo”. Ignoramos la labor pastoral de consolación y aliento llevada a cabo en aquellos días por el pastor con sus fieles, ya que no hay noticia de que se salvase ninguno de los internados en aquella sala sexta.

En la prisión flotante del Astoy-Mendi.

En la mañana del 28 de agosto los dos obispos y los sacerdotes ingresados con ellos en las Adoratrices, junto a más de otros 40 sacerdotes y paisanos, fueron subidos a unos camiones que les bajaron al barco prisión Astoy Mendi.

Allí les recibieron con un griterío impresionante. María Salinas testimonia que acudiendo a las Adoratrices como cada día con la cesta de comida para los presos, al verlos salir, preguntó a Luis Fernández, jefe de aquella prisión: «¿A dónde los llevan, por favor?». Él respondió: «Ya estarán fregando la cubierta del Astoy-Mendi en el nombre del Sagrado Corazón, de la Santísima Trinidad y de todos los Santos».

El Astoy-Mendi, carguero de mineral, no tenía más respiración en su bodega que la misma entrada de la escotilla. A la derecha de la escalera se acomodaron, como pudieron, los dos obispos. Desde el primer momento tuvieron que vestir, como todos los presos, calzón corto azul y camiseta.

La primera tarde fueron llevados al acorazado Jaime I, surto también en el puerto para palear carbón desde las carboneras a la boca del horno.

Allí tuvieron que escuchar toda clase de befas y escarnios. Algunos de los sacerdotes y religiosos fueron apaleados por negarse a blasfemar.

Aquella noche moría en el barco el P. Martín Santaella Gutiérrez, S. J., asfixiado por el polvo del carbón cuando lo arrojaron a la carbonera. Los marineros del Jaime I hicieron subir a Mons Ventaja a cubierta y profirieron contra él toda clase de insultos. Él los «miraba fijo a los ojos, escuchándoles en silencio. Cuando terminaban bajaba los ojos al suelo y después los levantaba al Cielo, como musitando una oración, y les volvía a mirar con una sonrisa»

Benito Sacaluga, jefe de los Servicios de Máquinas de la Escuadra de la República, ante el Consejo de Guerra en relación con los asesinatos en Almería, manifestaba “de quien decían ser un Obispo, y Oficiales de la Guardia Civil …fueron traídos al buque- Jaime I- para hacer la estiba de las carboneras y él llegó por la mañana, … donde estaba el Comité, y el Cabo Arias le dijo: todos esos Obispos y Guardias Civiles que hay ahí encerrados vamos a buscarlos para que hagan la estiba de las carboneras”

“… Que ese mismo día el declarante vio en la cámara de dinamos, en donde tenía el destino, al que decían era el Obispo de Guadix, allí asfixiado… (le confunde con el Padre jesuita Martín Santaella)… me propuse que los presos políticos, en caso de que les hicieran trabajar, fuera en cubierta acarreando espuertas, donde estuvieran a la vista y no fueran maltratados dentro del barco."

Tras el agotador trabajo, fueron devueltos al Astoy Mendi, cursando el capitán de que todos los que fueren sacerdotes o profesores se tenían que inscribir en una lista para ser devueltos a la prisión de las Adoratrices. Los presos recibieron un trato brutal en el Astoy-Mendi, al que se unía el calor asfixiante de la bodega del barco, sin luz y sin ventilación.

«Tenemos que recibir con resignación y paciencia la persecución, porque todos nos debemos considerar culpables» (Mons. Ventaja)

El día 29, muy de mañana, los guardianes ordenaron a gritos que se apiñaran en el centro todos los sacerdotes, porque -según dijeron- iban a ser liberados. Fueron identificándose uno a uno, y los milicianos confeccionaron la lista para las «sacas». A don Diego y a don Manuel los milicianos les llamaban «el Ventajilla» y «el Medinilla». A la hora de comer, les llevaron al Jaime I para que sirvieran la comida a los marineros. Esa noche, fiesta litúrgica de la Santísima Virgen del Mar, Patrona de Almería, el rosario lo rezaron con especial devoción.

El día 30, narra el testigo don Juan de la Cruz Navarro Gay, que sacaron a don Mons. Ventaja para fregar los wáteres al grito de «¡Obispo, a fregar!». Juan Navarro quiso evitarle aquella humillación, pero Monseñor le dijo: «Usted sabe por qué estamos aquí presos. Ya que por obispo me han detenido, me creo con mayor obligación a sufrir, y añadió: «Tenemos que recibir con resignación y paciencia la persecución, porque todos nos debemos considerar culpables »

Por la noche del 30 de agosto, La noche del día 30 de agosto, mientras los presos se hacinaban en la bodega, en el Comité Central y en el Comité de Presos confeccionaban las listas para el próximo «paseo». Las «sacas» se hacían entre las doce y las dos de la mañana.

Un miliciano empezó a gritar nombres. En la lista, venían los de Mons. Medina y Mons. Ventaja. Uno de los guardianes increpó a don Diego: «Ahora, Ventaja, te pesará ser obispo». Monseñor, con la serenidad y la paz que le caracterizó durante su largo calvario, le respondió: «Ser o no ser obispo, nunca me ha interesado; pero lo que no me pesa ahora, ni nunca me ha pesado, es ser sacerdote».

Última estación: Subida al Calvario y muerte

Uno a uno, los dieciocho presos nombrados fueron subiendo penosamente la escalerilla y salieron por la escotilla a cubierta; los obispos de Almería y Guadix don Diego Ventaja Milán y don Manuel Medina Olmos; los sacerdotes de Almería don Juan Manuel Felices Pardo, don Antonio García Padilla, don Nicolás González Ferrer y don Francisco Rodríguez Carmona; los sacerdotes de Guadix don Juan Garrido Requena, don Antonio Leiva García y don Torcuato Pérez López; los seglares don Luis Navarro Almendros y don Juan Colomina Pérez y otros seis no identificados.

Junto al castillo de popa, Valentín, «el Bilbaíno », palero del Astoy-Mendi, les fue atando las manos a la espalda. Casi siempre solía hacerlo con alambres y si no con sogas.

Las ráfagas de luz del faro del espigón largo del puerto iluminaban al grupo. Se detuvo junto a la escalerilla del Astoy-Mendi una camioneta conducida por Joaquín Solvas, a quien algunos testigos se refieren como Diego García «el Cura». Con él venían varios milicianos armados con fusiles y pistolas.

Fueron subiendo a los presos a empujones, entre insultos y amenazas. Se cerró el portalón, y los milicianos se situaron apuntando en las cuatro esquinas del cajón. Emprendieron la marcha y, a unos seiscientos metros antes del kilómetro 92 de la carretera, muy cerca de la venta del Cosario, se pararon junto al barranco «del Chisme». La camioneta se adentró unos metros fuera de la carretera.

Serían sobre las cuatro de la mañana. Los milicianos formaron el pelotón de ejecución, y parece se habían sorteado los presos que cada uno debía asesinar. Les ordenaron situarse sobre el pequeño altozano de la ladera este del barranco.

Terminada la contienda, Rafael del Águila declaró ante el juez el lugar exacto de la ejecución del crimen. Asimismo dijo que él había asesinado personalmente «a uno de los señores obispos, el que era de los dos el más pequeño de estatura». En la primera de sus declaraciones ante el tribunal que le juzgó en 1940 dijo: «El obispo de Almería pidió permiso para hablar, concediéndoselo mi hermano Juan, también presente, y dijo el obispo que deseaba los perdonara Dios como él los perdonaba y pidió fuese su sangre la última que se derramase».

Resultan estremecedoras las palabras de su hermano Juan del Águila, que había sido alumno del colegio de La Salle. A la pregunta «¿Por qué matas?», respondió: «Es la Revolución».

Tras las palabras de don Diego se hizo un silencio hasta que se dió la orden de ¡fuego! Los cuerpos fueron cayendo al pequeño barranco por el que comenzó a correr la sangre de los mártires.

Antonio del Castillo, cobrador del coche Alsina que hacía servicio a la ciudad de Berja, declara que los milicianos lo pararon para pedirle gasolina para quemar los cadáveres, y que se la dio el conductor. Él se apeó y como a unos cincuenta metros de la carretera, vio «un montón de cadáveres apilados, a los que iban a pegar fuego, tal vez por segunda vez, pues estaban ya ennegrecidos. A poca distancia se veían dos cadáveres cruzados, uno encima de otro, y acercándome reconocí a don Diego Ventaja en el que estaba debajo y encima a don Manuel Medina.»

El declarante describió con todo detalle como ambos cadáveres no llevaban más indumentaria que un pequeño pantalón azul. «El cadáver de don Manuel presentaba en el lado izquierdo del pecho una herida como de tres dedos, por la que aún manaba sangre, y por el costado y diversas partes del tronco, otras heridas producidas, al parecer, por gruesas cañas, de las que aún se veían alrededor algunas manchadas de sangre»

Los cadáveres, quemados con gasolina para que no fueran reconocidos, calcinados, quedaron insepultos unos días, hasta que piadosas manos de vecinos los enterraron en el cementerio.

En un primer momento se colocó una lápida en el suelo de la capilla de San Ildefonso, que el 1965, después fue colocada en la cripta ante el nicho donde se encontraban depositados los restos mortales.

Capilla de los mártires. Catedral de Almería

La lápida dice así:

HEIC.CONDITA SUNT OSA.ET.CINERES.IN.UNUM.PERMIXTA EXCMI.AC.REVMI.DOMINI DNI.DIDACI.VENTAJA.ET MILAN EPISCOPI.ALMERIENSIS EXCMI.AC.REVMI.DOMINI DNI.EMMANUELIS.MEDINA.ET.OLMOS EPISCOPI.GUADICIENSIS NEC.NON. SACERDOTUM. VI.ET.VIRORUM.X QUI.IGNITIS.GLOBVI.IS.A.MARXISTIS IN ODIUM. RELIGIONIS.ET PATRIAE SIMUL.DIRE.NECATI.SUNT EORUMQUE.POST. CORPORA.IGNI.TRADITA ET.IN.COMMUNEM.FOSSAM IMPIE.PROIECTA. R. I. P

Texto que traducido, viene a decir: “Aquí se conservan mezclados sus huesos y cenizas, los del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Don Diego Ventaja y Milán, Obispo de Almería, y del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Don Manuel Medina Olmos, Obispo de Guadix, así como los de seis sacerdotes y diez seglares, que fueron asesinados por los marxistas en odio a la Religión y a la Patria, y sus cuerpos, luego echados al fuego, arrojados impíamente a fosa común. Descansen en Paz.”

El 10 de octubre de 1993 Juan Pablo II beatificaba en la plaza de San Pedro del Vaticano a Monseñor D. Diego Ventaja Milán, Obispo de Almería y a Mons. D. Manuel Medina Olmo, Obispo de Guadix.

Fuente: http://hispaniamartyr.org/Martires/30_8_2.pdf

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