sábado, 4 de octubre de 2014

Domingo XXVII Tiempo Ordinario


Lectura del santo Evangelio según san Mateo

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

- «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondan. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo."

Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia."

Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron:

- «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»

Y Jesús les dice:

- «¿No habéis leído nunca en la Escritura:

"La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente"?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

 

Palabra del Señor.

 

Meditación (Extraída de www.homilia.org)

A Jesucristo le gustaba tomar las imágenes del trabajo y de su tierra para configurar sus parábolas.  Así a veces nos hablaba de rebaños, ovejas y pastores, y otras veces nos hablaba de viña, vid y uvas.

Un día habló de una viña suya, que arrendó a unos viñadores mientras se iba de viaje (Mt. 21, 33-43).  Cuando llegó el momento de la vendimia o cosecha de las uvas, envió a sus empleados a cobrar la parte que le tocaba, pero los viñadores mataron uno a uno a cada empleado que fue enviando en dueño.  Decidió éste enviarles a su hijo, pensando que a ése sí lo respetarían, pero muy por el contrario, lo asesinaron también -nos dice la parábola- para eliminar al heredero y quedarse con la propiedad.

Jesús hablaba en ese momento a los líderes del pueblo de Israel.  Y al final del cuento les hace saber que ellos son el pueblo elegido, pero que al rechazar a cada uno de los enviados de Dios y también al Hijo de Dios, el Reino de Dios sería dado “a un pueblo que produzca frutos”.

            Y a nosotros los católicos, pertenecientes a la Iglesia fundada por Cristo, Dios puede hacernos el mismo reproche.  Porque… siendo nosotros el nuevo pueblo de Israel, ¿somos mejores nosotros que los que estaban ante Jesús en aquel momento? 

El Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn. 15, 16).   El desea que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos.  Nos da todo lo necesario, tal como nos cuenta el Profeta Isaías en una parábola que es preludio de la de Jesús: “removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas ... y esperaba que su viña diera buenas uvas” (Is. 5, 1-7).

“¿Qué más puedo hacer por mi viña que yo no lo hiciera?”  El Señor nos dice que nos da todo, es decir, todo lo que nuestra alma necesita para dar frutos de santidad, para dar frutos de caridad, para dar lo que El espera de nosotros. Y... ¿damos fruto?  ¿damos fruto bueno?  ¿Aprovechamos todas las gracias que Dios nos da para ser como El desea que seamos?  ¿Somos realmente lo que El desea que seamos?

Las parábolas del Señor son para enseñarnos y para advertirnos.  Su advertencia no se deja esperar en ésta: a los que no den fruto les será quitado el Reino de Dios.

El Reino de Dios es la vida en Dios.  Es la felicidad perfecta que Dios tiene preparada para aquéllos que den fruto.  El Reino de Dios puede comenzar aquí en la tierra -es cierto- pero llega su plenitud en la eternidad.  Sin embargo, de acuerdo a esta parábola, los que no den fruto no tendrán derecho a vivir en el Reino de Dios ni aquí, ni en la eternidad.  Es para pensarlo bien ¿no?

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