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martes, 17 de enero de 2017

Carta a los Cofrades 2017


Guadix, 1 de marzo de  2017, Miércoles de Ceniza

 

Queridos hermanos cofrades:

 

            ¿Ha sonado ya en vuestros corazones y en la vida de vuestras hermandades la llamada a la evangelización?, ¿habéis sentido ya el impulso interior a no guardar para vosotros lo que vivís y sentís en estos días, sino a llevarlo a los demás, a los que nunca han venido, o a los que se fueron por las razones que sean?

 

            Para ayudaros en esta tarea, que es de todo cristiano, y como cada año, me dirijo a vosotros con el propósito de entablar un diálogo espiritual y pastoral que nos ayude a prepararnos a la celebración de la Pascua.

 

            Si la Cuaresma es un camino, como os he dicho en otras ocasiones, os invito a emprenderlo con un corazón renovado. Y para cambiar el corazón es necesario convertirse, es decir, volverse al Señor y tener sus mismos sentimientos. Hemos de pedirle que nos enseñe a mirar como mira Él, a escuchar sin prisas, y a tocar nuestra realidad desde sus entrañas de misericordia. Todo esto tiene un comienzo necesario: reconocer nuestra pobreza ante Él, y pedir perdón. Hemos de acudir al sacramento de la penitencia para descargar ante Dios todo aquello que nos ha endurecido, y, poder así, comenzar el camino cuaresmal con un corazón nuevo.

 

            En esta ocasión quisiera detenerme con vosotros para compartir el proyecto que marcará el camino pastoral de nuestra diócesis en los próximos años. Quiero haceros partícipes y corresponsables también a vosotros de este propósito.

 

            Os lo diré con un lema: Estamos llamados a ser “Testigos misioneros del Evangelio”. Tres palabras para definir la respuesta a los retos que se plantean hoy a la Iglesia.

 

·         Ser testigos. Testigo es el que ha vivido, el que puede dar fe de lo que ha visto y oído, el que ha tocado con sus manos; es el hombre o la mujer de la experiencia. Para ser testigos del Evangelio hay que conocerlo y amarlo, hay que dejar transformarse por él y sentir la necesidad de anunciarlo a los demás. Por eso, no hay testigo cristiano sin vida interior, sin experiencia de fe, sin comunión con la Iglesia, sin pasión por la caridad.

·         Misioneros. La misión nos habla de salida. No es posible ser misionero desde la comodidad de lo que ya hemos conseguido, o con el sólo propósito de repetir lo que hemos hecho siempre. La misión supone, y exige al mismo tiempo, aventura, porque ser misionero es salir a buscar, a arriesgar para que los demás conozcan y compartan la alegría de la fe en Jesucristo. Si Cristo merece la pena, ¿cómo puedes callarlo y guardarlos sólo para ti y los tuyos?

·         Desde el Evangelio. No salimos a anunciar algo que hemos inventado nosotros. El Evangelio lo hemos recibido, y con cuidado y adoración lo transmitimos a los demás. No somos dueños del Evangelio, somos sus servidores. Sabemos que Evangelio es Jesucristo, y nuestra misión anunciarlo a Él. ¿Qué hacemos sino en nuestras salidas procesionales? ¿A quién anunciamos en nuestros cultos sino a Jesucristo?

 

Pero, ¿cómo ser estos testigos misioneros que necesita nuestra Diócesis?, podéis preguntaros muchos. Para contestaros, dejadme que os proponga la experiencia de los primeros cristianos tal como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hech. 4,32-35; 2, 42 47). La vida de estos cristianos, además de una respuesta, puede ser también una invitación a trazar el perfil de testigos misioneros del Evangelio de nuestros cofrades y cofradías. Es un proyecto espiritual y pastoral que puede comenzar esta cuaresma, y realizarlo a lo largo de los próximos años.

 

“San Lucas (cf. Hch 2,42-47) presenta a la comunidad cristiana principalmente desde tres ángulos complementarios: la concordia en su vida interna; el testimonio en su misión hacia fuera; y la misericordia desde el punto de vista de la posesión en común de bienes materiales para la consecución de la dignidad de todos sus miembros” (Plan de Evangelización de la diócesis de Guadix, n. 12).

 

·         Concordia en la vida interna. Nuestras Hermandades tienen que llegar a ser verdaderos hogares donde se vive la hospitalidad de la fe; donde se tiene una misma esperanza, y se realiza el amor en la concordia. No podemos ser conocidos por nuestras divisiones y rencillas, sino por el testimonio del “mira cómo se aman”.

·         Testimonio misionero hacia fuera. Hermandades abiertas a la Iglesia toda y a tantos hombres y mujeres que necesitan a Cristo aunque no lo sepan. Ser, como nos pide el Papa, Iglesia en salida. Para esto hemos de insistir en la formación cristiana y en la práctica litúrgica: oración, meditación de la Palabra de Dios, Misa dominical, confesión.

·         Misericordia. Nos identificamos con Cristo en la práctica de la misericordia. Hemos de ser cofradías que practican la misericordia, que son signos de la misericordia de Dios para todos, especialmente para los más necesitados. ¿Cómo podremos ser verdaderamente hermandad sin vivir la caridad?

 

Queridos cofrades, pidamos juntos la ayuda de Dios, por intercesión de la Virgen santísima, para que nos conceda llevar adelante estos buenos propósitos.

 

Con mi afecto y bendición

 

  

                                               + Ginés García Beltrán

                                                   Obispo de Guadix

 

lunes, 9 de enero de 2017

11 de Enero de 1809- La Virgen de las Angustias en la Invasion Francesa

Se recordará tal efeméride en la Sabatina del 14 de Enero a las 19'30h con la presencia de las Juntas Directivas de la Hermandad Diocesana de San Torcuato y de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz y María Santísima de la Amargura

 
(Del Libro “Recuerdo de la Coronación Canónica de
Nuestra Señora de las Angustias”,
 del Siervo de Dios D. Juan de Dios Ponce y Pozo)

 



La imagen de Nuestra Señora en la invasión francesa

Leemos en el librito titulado «Páginas Históricas» que escribió el Padre Hitos, de la Compañía de Jesús, con motivo de la Coronación de la Virgen de las Angustias de Granada, «que en los días en que se preparaba la tan memorable jornada, de Bailén en la que las milicias de Andalucía abatieron las águilas napoleónicas, por disposición de la Junta Suprema de Gobierno, se colocó en andas a la Patrona de Granada poniéndola banda y bastón de general.»

No tenían menos fe en la suya los hijos de Guadix, ni le regatearon los mismos honores homenajes.

En un curioso manuscrito, que contiene interesantes noticias de sucesos ocurridos desde el año 1754 a 1835, redactado a modo de diario, por Antonio Montellano Rodríguez[1], leernos en la correspondiente al 11 de enero de 1809, que con motivo de haber llegado a Guadix por Granada la noticia de haber sido hechos prisioneros en Rennes, Napoleón, José I, su hermano, y el hermano de Godoy, hubo en Guadix este día la función más grande (textual) que han visto los nacidos, añadiendo: «Sacamos de San Diego a la Patrona, con su ceñidor de Generala y su bastón y espadín ceñido,» y continua diciendo, cómo incorporaron a esta procesión el Crucificado de Santiago y nuestro Patrono San Torcuato.

Notemos cómo el pueblo llamaba a la Virgen en aquellos remotos tiempos ya su Patrona, un siglo antes que se obtuviera el título canónico de la Santa Sede.

Pero lo que en gran manera revelará la estima en que Guadix tuvo siempre a su Virgen de las Angustias y el aprecio que le mereció joya artística tan celebrada, es la ocultación de la imagen y su extrañamiento de la propia Iglesia, en los días calamitosos y aciagos de la ocupación de esta Ciudad por las tropas napoleónicas.

En virtud del decreto del intruso Rey, José Bonaparte, en 1809, disponiendo la supresión de todos los conventos y la confiscación de sus bienes, los Religiosos del Convento de San Diego se vieron obligados a salir de su casa y a dispersarse, quedando Nuestra Patrona sin sus custodios naturales, y bajo la inmediata disposición del diocesano.

Regía entonces la Diócesis, el piadosísimo, a la vez que enérgico varón apostólico, Don Fr. Marcos Cabello de la Orden agustiniana. Y mientras Guadix se conservó libre de la invasión extranjera, aunque con las dificultades propias de aquellos días de amargura para todos los buenos españoles, las atenciones del culto y la administración de la Diócesis se efectuaba regularmente. Pero llegó el día en que las águilas napoleónicas iban a cerner su vuelo sobre nuestra Ciudad y a establecerse en ella sus reales. Eran los comienzos del año de 1810.

Como las tropas invasoras venían apoderándose de los tesoros artísticos de los templos, debió preocupar a la autoridad eclesiástica la suerte que podía correr la imagen de Nuestra Excelsa Patrona, y así, por disposición de la misma autoridad se trató de ocultarla a las codiciosas miradas de los franceses. Eligióse para este efecto la casa del cristiano caballero don Pedro López, sita en la calle Ancha, y en una de sus habitaciones bajas, se tuvo escondida la Santa imagen hasta la evacuación de la Ciudad por las tropas francesas.